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En una entrada anterior mencionamos la necesidad de reflexionar sobre la vigencia de ciertas interpretaciones que el devenir del tiempo tornaron obsoletas.

Las casas, en tanto encierran el significado de circunstancias humanas, es tal vez el área donde más se hace necesario revisar algunos conceptos.

¿Qué son las casas derivadas? Aquellas que toman cualquier sector del mapa como casa I y desde allí encuentran relaciones que no existían en una primera mirada.

Como ejemplos prácticos: ninguna casa presenta la categoría en sí misma de cuñado/a. Las reglas de parentesco indican que o bien es el esposo/a de mi hermano/a o el hermano/a de mi cónyuge. En el primer caso, ubico primero a mi hermana (casa III) que se transforma en la casa I de una nueva serie y desde ella cuento VII (esposo). De manera que la casa IX representará a mi cuñado. En el segundo caso, ubico a mi marido en su casa respectiva (VII) que se convierte en I y desde allí cuento hasta la III (hermano), con lo que nuevamente arribamos a la IX.

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El astrólogo vienés, Oskar Adler, alude en una de sus numerosas conferencias, a la correlación entre el tiempo semanal y el sistema solar. (1)

El periodo de la semana constituido por siete días, se encuentra mencionado en el primer capítulo de la Biblia bajo la forma de los siete días de la creación, de los cuales el séptimo es festejado como el día del Sabbath.

Desde la antigüedad, se relacionaron los siete días semanales con los siete planetas que constituían el universo conocido, de manera que a cada uno de ellos le fue asignado el dominio sobre un día determinado de la semana.

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Hace unos días, vagando por Internet encontré una página con reproducciones de obras de Amedeo Modigliani (1884 - 1920), pintor por demás conocido pero que siempre es un placer revisitar. Sus estilizados retratos me hicieron pensar en algo de naturaleza lunar.

Frecuentemente los textos astrológicos describen el tipo lunar como un bebé fofo alimentado con excesiva dosis de papilla. La cara redonda recuerda la fase de la Luna llena, pero pocos -o ninguno- menciona la enigmática cara oculta y misteriosa de la luminaria. 

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La Astrología necesita -como cualquier otra disciplina- revisar periódicamente sus contenidos. ¿Por qué? Simplemente porque los cambios sociales y culturales tornan obsoletas algunas definiciones.

Concretamente me refiero a la casa VI y su relación con los llamados “animales pequeños”, diferenciados de las “animales grandes o feroces” localizados en la opuesta casa XII.

Recordemos que en la antigüedad los animales domésticos se relacionaban con la utilidad que brindaban a sus dueños -de allí su relación con la casa VI, de los “sirvientes”-. La gallina ponía huevos, la oveja daba la lana, la cabra ofrecía su leche. En cuanto a los perros, pastoreaban el ganado, avisaban cuando se acercaba un extraño y los gatos mantenían libre de roedores el territorio a su cargo. Tareas que aún siguen desarrollando en áreas rurales pero no así en las ciudades, donde los animales domésticos se convirtieron en mascotas.

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Frecuentemente se afirma que un planeta en detrimento -presente en el signo opuesto a su domicilio o exaltación- se encuentra debilitado, acrecentando sus facetas maléficas y disminuyendo sus efectos benéficos.

Sin duda una afirmación un tanto difícil de captar, en tanto implica una categórica e incuestionable división entre benéfico y maléfico –como el muchachito y el villano de los western de nuestra infancia- que no resulta tan sencilla, pues ya hemos aprendido a dudar de los buenos buenísimos y de los malos malísimos.

Previo a definir la particularidad del funcionamiento de un planeta en esta posición, vale recordar que el exilio o el destierro era una severa condena para el ciudadano de la Grecia clásica, en tanto lo sometía a una experiencia de extrañamiento como consecuencia del quiebre de los lazos del ciudadano con la polis.

Devenir extranjero, significa entre otras cosas, entrar a un territorio cuyo código resulta ajeno, desconocido. Perder la lengua materna, no se reduce a un problema intelectual sino principalmente a un asunto emocional de percibirse desenraizado, extraño para sí mismo.

   

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