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Categoría: Artículos
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En una entrada anterior mencionamos la necesidad de reflexionar sobre la vigencia de ciertas interpretaciones que el devenir del tiempo tornaron obsoletas.

Las casas, en tanto encierran el significado de circunstancias humanas, es tal vez el área donde más se hace necesario revisar algunos conceptos.

¿Qué son las casas derivadas? Aquellas que toman cualquier sector del mapa como casa I y desde allí encuentran relaciones que no existían en una primera mirada.

Como ejemplos prácticos: ninguna casa presenta la categoría en sí misma de cuñado/a. Las reglas de parentesco indican que o bien es el esposo/a de mi hermano/a o el hermano/a de mi cónyuge. En el primer caso, ubico primero a mi hermana (casa III) que se transforma en la casa I de una nueva serie y desde ella cuento VII (esposo). De manera que la casa IX representará a mi cuñado. En el segundo caso, ubico a mi marido en su casa respectiva (VII) que se convierte en I y desde allí cuento hasta la III (hermano), con lo que nuevamente arribamos a la IX.

Otro caso: una consultante se muestra preocupada por la salud de su secretaria. Ubicamos a la empleada en la casa VI (subalternos) que se convierte en I, y desde allí contamos seis casas (salud). De manera que la casa XI informará sobre las inquietudes de nuestra entrevistada.

Presentado el tema, valga la primera aclaración: ninguna casa del rádix informa sobre el cuñado o la salud de la secretaria en sí misma, sino sobre la vivencia que el dueño de la carta tiene de esos temas.

Ahora bien, todos hemos leído o escuchado -a veces ignorando que se refiere al tema de casas derivadas- que el primer cónyuge está representado en la casa VII, el segundo en la IX, el tercero en la XI. De la misma manera, se informa que el primer hijo ocupa la casa V, el segundo la VII, el tercero la IX, etc.

Y es en este asunto donde debemos tomar en cuenta los cambios sociales y culturales. En la antigüedad los casamientos distaban de ser una libre elección amorosa de los contrayentes, sino que -por lo menos en las clases sociales acomodadas, las únicas que accedían a los servicios astrológicos- eran alianzas económicas que sumaban territorios y pertenencias. De allí la similitud entre los vocablos patrimonio (bienes adquiridos por herencia) y matrimonio (unión entre marido y mujer).

El concepto de enamoramiento como condición para el casamiento, surge en Europa recién en el siglo XVIII. Es interesante observar que Venus, el planeta involucrado en el amor y las alianzas, es también significador de dinero. De manera que una buena configuración natal de este planeta aseguraba tanto un buen matrimonio como una importante posición económica.

Desde la perspectiva del matrimonio como estrategia de vínculos sólidos para incrementar riqueza y poder, se comprende que en caso de viudez, el cónyuge sobreviviente realizara un nuevo enlace con un pariente cercano al difunto/a para garantizar la unión de bienes. Por lo tanto, la III (parientes cercanos, hermanos, primos) desde la VII (cónyuge), o sea la IX, señalaba un segundo matrimonio. Si el interesado porfiaba en enviudar y posteriormente casarse, esta nueva alianza se visualizaba como la III desde la IX: casa XI para el tercer intento de vida conyugal.

En cuanto a los hijos de la nobleza, el mayor -o primogénito- heredaba la totalidad de las tierras, a fin de evitar una división del dominio, que pudiera conllevar un debilitamiento de poder. Los siguientes hijos se denominaban segundones, y debido a la institución del mayorazgo se veía obligado a dedicarse al clero o la milicia.

De esta forma, el primogénito -heredero de bienes y títulos- se ubicaba en la casa V (hijo); los demás eran hermanos del anterior. Así el segundo era la III desde V (VII), el tercero, la III de la VII (IX), etc.

En el siglo XXI, no es frecuente que alguien realice un segundo casamiento con el hermano o primo de su anterior cónyuge, y en caso de suceder es una mera circunstancia y no una rígida norma social.

Del mismo modo, no consideramos hijo con cabales derechos sólo al primero y a los demás como hermanos del primogénito.

Un consejo de sentido común: todos los cónyuges están representados en VII, en tanto es la tendencia personal a elegir un ser complementario.

Si no está de acuerdo con lo afirmado en el párrafo anterior, reflexione por qué razón los socios se evalúan siempre en la casa VII, y no se utilizan casas derivadas para ubicar las sucesivas sociedades.

Los hijos -independientemente de la cantidad- remiten a la casa V, significadora del sentimiento maternal/paternal.

Es cierto que en algunas oportunidades, coinciden determinadas particularidades de los cónyuges o hijos sucesivos con las características de la casa en cuestión, lo que facilita caer en errores conceptuales. Pero como decían las abuelas: “Una golondrina no hace verano”, ni un caso justifica una teoría.