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¿PROMESA O PROGRAMA?Como comenté en una entrada anterior, me resulta estimulante leer una noticia periodística y dar con una frase que posibilita pensar -o ampliar, profundizar, reformular- algún criterio astrológico.

En este caso, leí una nota donde el psicoanalista argentino Luis Hornstein mencionaba el abuso que se hace de los conceptos biologistas mediante la divulgación masiva de las neurociencias.

Su crítica proseguía con la exagerada medicalización implementada para anestesiar emociones propias del devenir de la vida humana: angustia, tristeza, agobio, inquietud.

Dentro de este escenario, dijo la frase disparadora de este artículo: “...la vida tiene la estructura de una promesa, no de un programa.”

Cuando encaramos los múltiples senderos que invita a recorrer una carta natal, ¿la concebimos como una promesa o como un programa? En esta respuesta está encerrada-entre otras cosas- una arista de la fatigosa e ímproba discusión reiterada entre los astrólogos ¿libre albedrío o determinismo?, tema caro a la filosofía occidental de los últimos 25 siglos y que algunos intentan resolver en una suscinta entrada de FB.

El determinismo -sea en términos de un destino prexistente al individuo, al plan del alma que elige las experiencias necesarias para seguir su derrotero de crecimiento, o alguna otra conceptualización- semeja grandemente al criterio de un programa.

La palabra programa deriva del griego y significa escrito con anterioridad. Desde esta perspectiva al nativo le queda cumplir -sea por obligación o elección- aquello que fue prefijado.

El llamado libre albedrío que presenta un abanico extenso de conceptualizaciones, -desde que cada uno realiza lo que quiere, al concepto sartriano de “estar condenados a la libertad”, es decir a ser responsable de aquello que se hace en y con la vida, a que con voluntad y firmeza de propósitos pueden lograrse todos los objetivos, y algunos criterios más- se emparenta mayormente a la idea de la vida estructurada como promesa.

El término promesa procede del latín, de promissus, conformada por el prefijo pro, (antes), y missus, del verbo mittere: enviar, arrojar. Compromiso y comprometido provienen de la misma familia. Desde esta etimología, el individuo semejaría un actor en los momentos previos a salir a escena. La idea remite al concepto Dasein de Heidegger. El ser -inmerso en el tiempo de los los acontecimientos- que puede transformarse y desplegar sus posibilidades, en tanto abierto a sí mismo, al mundo y a los demás. El mundo preexiste al ser, de lo que somos inseparables y determina la existencia porque estamos inmersos en su dinámica y en sus problemas.

Pero no sólo varía la posición del sujeto de la carta, sino también la del astrólogo, que en un caso sería el intérprete del destino, y en el otro, un asesor para tomar mejores decisiones.

Dos contextos bien distintos. Ni mejores ni peores, pero que es bueno pasar en limpio la actitud que tomamos frente a nuestra labor para poder cumplirla de la mejor manera posible.

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