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TEORÍAS CONSPIRATIVASDesde hace siglos, cuando los seres humanos enfrentamos situaciones que nos desbordan, rápidamente ponemos en marcha teorías conspirativas. Cada época culpó a diferentes “responsables” de tamañas desgracias, una veces fueron las brujas, otras la comunidad judía, o los gatos por dar algunos ejemplos.

En nuestros días la pandemia de corona virus, sumada a los múltiples medios informativos para propalar diferentes versiones, pusieron en funcionamiento con gran rapidez teorías sobre dónde y sobre todo quién instrumenta esta situación mundial.

Lejos de mi intención poner en cuestión la veracidad de una u otra hipótesis posible sobre el manejo de los hilos ocultos que está llevando a gran parte de la población mundial a una situación más o menos estricta de aislamiento.

Sí me interesa reflexionar astrológicamente sobre la función que cumplen en el aparato psíquico la búsqueda de quienes están usufructuando el miedo generalizado.

Durante años nos familiarizamos con libros y numerosos films -habitualmente de categoría B- que narran invasiones extraterrestres, meteoritos que impactan en nuestro planeta, guerras nucleares, catástrofes ecológicas varias, etc., pero hoy nos enfrentamos con un enemigo invisible y silencioso que amenaza con destruirnos interiormente mediante la enfermedad.

Lo que nos deja a merced de una pandemia sanitaria, pero también sometidos a un repertorio de variados temores en cada uno de nosotros, es justamente su carácter de invisible, frente al cual, la única estrategia protectora es quedarnos replegados dentro de nuestros hogares.

Por donde se lo mire, es una clara puesta en escena de la casa XII. Aislamiento, como forma de protegernos de un enemigo oculto llamado virus, perdiendo capacidad de autonomía -para salir a trabajar, a pasear o a disfrutar de la vida social-.

Cuando surgen responsables -sean los chinos, los estadounidenses, los grandes capitales que dominan las finanzas mundiales- el peligro se muda de la casa XII (enemigos ocultos) a la casa VII (enemigos declarados). Aquí el riesgo no es menor, pero adquiere nombre, intencionalidad, sentido.

Visto con una perspectiva espacial desde el Ascendente, lo que se ubicaba como un peligro real pero a la vez invisible que mora a nuestras espaldas (casa XII), se traslada a la casa VII, donde no pierde peligrosidad pero gana en visibilidad y se lo puede enfrentar, en tanto sabemos quién es y qué pretende.

La eficacia entonces de las teorías conspirativas -dejando de lados su mayor o menor veracidad posible- es convertir un enemigo oculto (XII) en un enemigo declarado (VII). Desplazar la parálisis que produce una realidad invisible pero no por eso menos eficaz, en tanto despierta todos los temores subjetivos a la muerte, en una lucha, donde tal vez también perdamos la contienda y acabemos falleciendo, pero por lo menos hay una chance de ganarle.

Y a nuestro tan valorado mito occidental del héroe, saber que lo intentamos ya nos devuelve a un lugar de sujeto -vivo o muerto, pero sujeto al fin- y nos rescata del angustioso papel de objeto de la maldad de un bichito malicioso e invisible. Ganemos o perdamos la batalla, salvamos la herida narcisistica que nos provoca la pandemia y como gustan decir los amantes del futbol cuando reciben más goles de los deseados: “fuimos los campeones morales”. Ahí radica la eficacia de las teorías conspirativas.

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