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Categoría: Artículos
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Los siete planetas tradicionales esbozan el perfil individual del sujeto: definen su carácter y describen la inmanencia humana. Constituyen la subjetividad de percepción de una determinada realidad, de un tiempo y un espacio donde se despliega la vida.

Los planetas transaturninos, por el contrario, pueden definirse como trascendentes, esto es más allá de la realidad vivenciada desde la experiencia de la conciencia personal. Estabilizan al hombre, posibilitando trasponer el límite de su si mismo. Suelen definírselos como generacionales, en tanto la generación incluye al sujeto en una pertenencia mayor.

Particularmente Urano y Neptuno ofrecen una escenografía, un telón de fondo de la época, que podemos denominar filosofía de vida o espíritu de los tiempos, siendo finalmente lo que otorga rasgos propios y cohesión a una determinada generación.

La expresión “el espíritu del tiempo” (Zeitgeist) proviene de los románticos alemanes y Hegel la incorporó a su teoría sobre la filosofía de la historia. Su origen deviene del latín (genios seculi o genio del siglo) y denota el clima intelectual y cultural de una época.

En el campo práctico de la interpretación de una carta, suele suceder que el astrólogo fluctué entre interpretarlos como rasgos de carácter –corriendo el riesgo de atribuirles significados propios del septenario tradicional-, o bien como factores generacionales, independientes del sujeto.

El desafío es incluirlos en la interpretación, pero demarcando un campo diferenciado, articulando lo personal con la filosofía de vida de un determinado período.

La bisagra entre lo individual y lo generacional, abre varias opciones posibles: 

URANO Y NEPTUNO

Urano es un planeta de función egológica, consolida el sí mismo en tanto permite reflexionar y comprender las conductas del yo. Reconoce los límites, la propia finitud de su condición humana, se hace cargo de su vida (Saturno) y posteriormente, dueño de su madurez individual, atraviesa la frontera de su individualidad en aras de diferenciarse y aislarse del hombre masificado para seguir su propio derrotero de conocimiento.

Urano coloca en otro plano el conocimiento personal, habilitando a la reflexión de un intenso “aquí”, donde el hombre una mayor conciencia del tiempo presente.

Camino que se inicia con una marcada sensación de incomodidad y desasosiego y que implica el riesgo de quedarse encandilado con su propia luz interior en una actitud de superioridad despreciativa hacia un prójimo carente de la individualidad que él ha logrado.

Neptuno, por el contrario, es un planeta cosmológico que ofrece la capacidad de percibirse como parte integrante de un todo mayor –Dios, naturaleza, humanidad-. Nos ofrece la imagen del hombre como negativo de la fotografía del universo. Es la capacidad de verse desde fuera, a través de los ojos del cosmos.

Integra al individuo, por lo tanto lo relaja y redime de su soledad metafísica.

Neptuno permite la conexión con un más allá de uno mismo, no exento de riesgos: sumergirnos en un mundo ilusorio, onírico, carente de bordes, semejante al estado intrauterino. Funciona como una porosidad rudimentaria que impide diferenciar los estímulos exteriores de las vivencias interiores.

Así como el riesgo de Urano es despertar el egoísmo, el de Neptuno es borrar toda barrera de control. Sólo cuando se atravesó la enseñanza de Urano solidificando el yo, es posible escapar al peligro de disolución.

Conócete a ti mismo y conocerás a Dios” es el mensaje de Urano. “Conoce a Dios y te conocerás a ti mismo” es el mensaje de Neptuno.

Ahora bien, la tensión entre la vivencia del aquí profundamente individual (Urano) y el allá metafísico (Neptuno) constituye la filosofía de vida de un determinado momento del tiempo. Se sepa o no concientemente, nadie vive por fuera de esta filosofía.

Urano aísla al hombre, Neptuno disuelve el aislamiento. A través de Urano el hombre se retira adentro de su self (aquí, centro de gravedad, microcosmos). A través de Neptuno se abre al conjunto (más allá, el centro de gravedad es el todo, macrocosmos).

Es importante, entonces analizar la relación entre ambos por su posición zodiacal, independientemente de si poseen un aspecto formal.

Ya que Neptuno tiene una órbita mayor que Urano, podría pensarse que el primero marca la hora y el segundo los minutos del gran reloj cósmico que señala el espíritu del tiempo.

En tanto la permanencia de Urano en cada signo es de 7 años y la de Neptuno de 14 años, existen 2 formas de definir el “aquí” –y a veces 3- por cada definición de “allá”.